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  • Foto del escritorJuan Bauzá

Patrimonializar

“Patrimonializar”, ese verbo de nuevo cuño, debiera ser siempre una acción que se ejerce desde la memoria y para la memoria. En sí, la palabra patrimonio (o patrimonial, que también existe), se inserta en un contexto material. Se refiere a los bienes que se heredan, y pueden ser tanto individuales como colectivos. Desde luego, no todo lo que se hereda representa un valor material. Como dice el refrán, “igual se heredan las riquezas que las iniquidades”. Por lo que existen valores intangibles que también se heredan y pueden constituir patrimonio, las virtudes, desde luego.

Un bien implica siempre un valor positivo, una relevancia de alguna forma cuantificable, bien sea por su valor material en sí, bien sea por su valor histórico o artístico. No obstante, se refiere siempre a cosas preciadas que vienen del pasado, que se mantiene valiosas en el presente y que se preservan para que continúen siéndolo en el futuro. Y puesto que el patrimonio proviene de un pasado, su valor siempre están en función de una memoria. Cuando dicha memoria es sólo relevante para un pueblo a menudo se le llama patrimonio nacional, cuando dicha memoria es relevante para la raza humana entera se le llama patrimonio de la Humanidad. En ambos me refiero al patrimonio cultural, es decir, al creado por la cultura humana, pudiendo ser tanto del orden material como del inmaterial.

Patrimonio tiene la implicación de ser algo notable, algo que descolla por encima de lo ordinario, que se sale de la norma por ser extraordinario. Cuando es cultural, su principal valor radica en eso, en que fue la única piedra que sobrevivió a la batalla fundacional, en que construirlo en sí representó una hazaña y un reto a lo imposible, en que su presencia misma nos recuerda las grandezas del espíritu humano. Cuando el patrimonio es del orden natural significa que cuando un grupo de seres humanos está ante su presencia es tan grande impacto que ocasiona, bien por su belleza, bien por su esplendor, bien porque representa una hazaña de los elementos. No es nada nuevo que se designen ciertos lugares del planeta como patrimoniales por su valor natural. Sin duda en Puerto Rico podríamos encontrar en la naturaleza varios ejemplos de patrimonio nacional.

No obstante, cuando una entidad oficial y representativa de un colectivo, mayormente gobiernos, designa tal o cual lugar o cosa como patrimonio, lo “patrimonializa”, no hace sino recalcar su valor para la memoria colectiva, a la vez que se compromete a preservarla para el porvenir. Así como el patrimonio perteneció a la memoria de los antepasados, de aquellos que nos precedieron y nos formaron, así como continúa siendo parte de la memoria del presente que vivimos por ser esos objetos o esos valores intangibles parte del vivir diario, de igual forma debiera ser parte de la memoria de aquellos futuros ciudadanos que también merecen coexistir con el patrimonio testigo de su pasado y de la trayectoria de los suyos por este mundo. De poco sirve nombrar oficialmente algo como patrimonio si no se está dispuesto a resaltar su memoria, la importancia que tal cosa tiene para merecer ser protegida de quienes no saben apreciarla o no conocen su valor. Perpetuar la memoria es consubstancial con el acto de “patrimonializar”.

En su más reciente entrevista publicada por 80grados, la Directora Ejecutiva del Instituto de Cultura Puertorriqueña confunde los términos “intangible” y “efímero” o lo que ella llama “coyuntural”. Disparata la Directora Ejecutiva cuando habla de patrimonio que desaparece, que se olvida, que no puede heredarse. Desbarra cuando reclama el derecho a olvidar, siendo tan evidente que olvidar es contrario a “patrimonializar”. Acorde con esta descabellada definición, todos los aspectos de la cultura podrían ser patrimonio, todas las costumbres y tradiciones de un pueblo, todos los más mínimos actos y lugares, hasta los vientos Alisios que cruzan la isla, hasta cada ola que rompe contra nuestras costas podrían ser patrimonio. Cuando todo puede ser patrimonio, nada lo es, y todo lo que fue deja de serlo. La incoherencia de su argumento se hace evidente cuando, luego de decir que “vamos a hacer patrimonio todo lo que nos falta”, afirma casi en la misma línea que “un buen ordenamiento patrimonial tiene que ser selectivo y siempre tiene que haber espacio para el presente y el para el futuro.” ¿En qué quedamos?

Desde luego, resulta tremendamente conveniente “patrimonializar” lo efímero, lo que desaparece en su materia y en el recuerdo, porque así se libra el agente denominador (en este caso el ICP) de la responsabilidad que implica preservar para el presente y para el futuro los así nombrados bienes. ¿De qué vale declarar algo patrimonio si no se tiene la intensión de promulgar su valor, de conservarlo en el presente para que pueda recordarse en el mañana? El ICP ha demostrado ser incapaz de defender y preservar muchos de los bienes patrimoniales que están bajo su jurisdicción. Ahora, con un presupuesto achicado hasta casi lo minúsculo, ¿va a dedicárselo a preservar, proteger y promulgar el valor patrimonial de las cáscaras de huevo pintadas encajadas en las puntas de la mata de sábila de casa de Pepe y Pancha, las cuales en pocas semanas desaparecerán y olvidaremos? El ICP necesita un director ejecutivo que, por muy abultado que sea su expediente intelectual, no se sienta en la libertad de decir la primera barrabasada que se le ocurra, en abierto desafío a la inteligencia de la mayoría de los lectores.

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