¿Vidas paralelas?
- Juan Bauzá
- 3 mar
- 3 Min. de lectura
La tecnología, esa nueva diosa de nuestros tiempos, le ha puesto el acelerador a la Historia. Los avances en transportación, comunicaciones, armamentos y movimiento de capital han hecho que grandes eventos humanos que antes tomaban siglos en gestarse ocurran ahora en décadas, que acontecimientos menores que antes se fraguaban durante años hoy se cuajen en semanas, que incluso asuntos antes de días hoy sean de minutos. Por ello, resulta engañoso comparar con la misma escala temporal eventos y acontecimientos históricos del pasado con eventos y acontecimientos del asombroso presente que nos ha tocado vivir. De que las sociedades se comportan de manera cíclica, no queda duda, y de que la tecnología ha sido el factor achicador del tiempo de los ciclos, tampoco queda.
El Imperio Romano y su continuación, el Imperio Romano de Oriente, duraron unos 1,626 años con más de 100 emperadores, el Imperio Otomano unos 623 años con 36 sultanes, los imperios español y el británico 400 años cada uno, 14 y 22 reyes y reinas respectivamente. Considerando la Doctrina Monroe de 1823 el punto de partida, el imperio estadounidense apenas lleva 127 años con 40 presidentes, ha sido el más grande y expandido de la historia, y ya da claras señales de andar camino a su derrumbe.
A menudo se comparan la caída de Roma con la actual caída de Estados Unidos, y ciertamente existen similitudes y tangencias. Pero observando ambos casos en más detalle, vemos cómo eventos que en Roma tomaron siglos en fraguarse, hoy se superponen y ocurren casi simultáneos, estando por ocurrir en los Estados Unidos el fin de la República y el fin del Imperio al mismo tiempo.
Como un avatar moderno, las medidas recién tomadas por el presidente Trump recuerdan aquel momento de la historia romana cuando César antepuso su fuerte personalidad a un sistema republicano atomizado y comido por la corrupción. César deshizo un estado republicano que ya no funcionaba y que, tras su muerte, se transformó en un estado autoritario e imperial, mientras que la república que Trump vino a deshacer, también por corrupta y disfuncional, es república que ya es imperio. En los Estados Unidos coinciden el fin de un sistema republicano de gobierno nacional y el fin de un sistema imperial de gobierno internacional. Trump es, a la misma vez, César y Rómulo Augústulo, el primero y el último, el principio y el final. Si Plutarco viviera en nuestros tiempos, ya estaría afanado redactando el texto de estas tres nuevas vidas paralelas.
Los acontecimientos del presente son un fuerte indicativo de que, tras el paso de Trump por la presidencia, Estados Unidos dejará de ser lo que ha sido hasta ahora. Ni será república, ni será imperio. Será, si sobrevive a su propio colapso como potencia hegemónica, una potencia entre otras con un sistema de gobierno autoritario. Su caída, eso sí, será la más aparatosa de todas, habiéndose concentrado en un solo proyecto nacional dos ambiciones contrarias: democracia e imperialismo. Aunque Roma ya era expansionista durante su periodo republicano, descartó la “democracia” a la hora de ejercer el imperialismo. Estados Unidos lo lleva ejerciendo en nombre de la democracia desde hace más de un siglo. Esta contradicción profunda viene tocando su límite, y seremos testigos, y también víctimas, de cómo un sistema de control y dominio mundial, quebrado y sobre extendido, colapsa un buen día como un viejo balcón de madera comido por la polilla.









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