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  • Foto del escritorJuan Bauzá

Humor y Viernes Santo

Viernes santo filipinas

En Ponce y en todo Puerto Rico, durante la Cuaresma y las Pascuas de Resurrección, siempre ha soplado una ventolera aguda que remenea los palos y pone a los pastizales a parlotear. Recuerdo de niño los mismos cielos azules claros sin nubes de hoy, la brisa seca y el sol ardiente iguales, elementos naturales que nos llamaban a tirarnos al patio y a la calle a rodar y correr como niños que éramos, pero dada la solemnidad de aquellos días de Semana Mayor había que reservarnos las alegrías.

Aunque en mi casa nunca se tuvo la insistencia religiosa de otras casas, en el Colegio, regido por sacerdotes católicos, aquellos días tenías significados míticos y trascendentales. Esta intensidad religiosa, en más de una ocasión nos llevó a mis hermanos y vecinos a realizar mini procesiones por las calles de la urbanización en las que juntábamos a todos los personajes de todos los siglos de la historia bíblica. Allí iba Moisés, siempre con su cayado y como partiendo aguas; iba Jesús con una cruz siendo azotado con las ramas del sauce llorón de la vecina por los centuriones romanos; iba David, dando órdenes como el rey que era y señalando con el dedo aquí y allí; iba Goliat, amedrentando y dando gritos y callando cada vez que David le alzaba el dedo o la voz; iban los profetas, viendo mensajes por todas partes, interpretando los códigos de la naturaleza, encontrando imágenes de la Virgen en las hojas secas; iban los rabinos judíos, desentendiéndose de las cosas, haciendo así con las manos como lavándoselas en seco. Debíamos hacer una comparsa bastante curiosa, por no decir bastante ridícula.

Recuerdo un Viernes Santo, cuando más pequeños todavía, antes de las comparsas. Mis hermanos y yo estábamos en la parte trasera del patio que tenía una pendiente y estaba en la tierra pelada. Habíamos hecho una pequeña represa con piedras y tierra, y el pequeño cauce de un río cuyo manantial original era una manguera. Nos encontrábamos en plena faena de construcción, utilizando camiones y palas mecánicas en escala, y debimos haber hecho quizá el escarceo normal que hacen los menores cuando se excitan por el juego. En eso se fue abriendo lentamente la pequeña ventana de la parte trasera del cuarto de mis padres que da a su clóset, y por ella escapó la voz de mi padre exigiéndonos que dejáramos de reír, que en Viernes Santo no se puede uno reír.

risas

La idea de que hubiera un día al año en que estuviera prohibida la risa me ha obcecado desde entonces. Entender que también la risa pueda ser perseguida, que el humor pueda ser considerado enemigo, activó en mí la idea de que había que buscarle un refugio urgente. A partir de entonces quedó sembrada en mí la certeza de que la risa puede también gozar del mismo privilegio que gozan el pensamiento y la imaginación: es imposible ponerle cadenas, negarles su libertad. También se puede reír a carcajadas sin que nadie se percate de ello.

Y creo que también de esta pequeña experiencia juvenil surge en mí la idea contraria y que ya Aristófanes y los griegos descubrieron hace mucho: que son muy pocas las cosas en la vida que son cien por ciento serias. Tan pocas son que se pueden contar con los dedos, de las manos, incluso de una de ellas. A partir de ese momento, los fenómenos del humor y la risa han sido para mí como escritor y para muchos otros que me han precedido, herramientas sutiles de penetración en realidades graves y complejas, formas blandas de encauzar temas espinosos por los delicados pasillos de la inteligencia. Ciertamente la muerte de un hombre en una cruz no es motivo para carcajadas, pero no toda carcajada es muestra de menosprecio, y más son las risas que han salvado que las que han matado.

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