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  • Foto del escritorJuan Bauzá

Paseo Puerta de Tierra (2) (o el síndrome del semáforo impertinente)


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Uno pensaría que los planificadores y arquitectos, a la par con la celeridad de los tiempos, inspirados tal vez en la manera como las comunicaciones y la tecnología han acelerado nuestras vidas, convirtiéndolas en un torbellino diario de diligencias y responsabilidades, concebirían ciudades ágiles, urbes donde los ciudadanos pudieran transportarse acorde con la urgencia de la actualidad, cumpliendo con las exigencias cada vez mayores de movilidad y tiempo que impone la vida moderna. Sin embargo, nuestra realidad, la realidad puertorriqueña y sanjuanera con la que cotidianamente lidiamos y que a veces resulta tan difícil de tragar, la realidad del complejo de inferioridad que a muchos en el poder consume, desmienten esta conjetura.

Tomemos, por ejemplo, el caso de dos impertinentes semáforos peatonales que parecen anunciarnos lo que será el calvario de llegar al Viejo San Juan cuando se complete el nuevo proyecto de Puerta de Tierra. El primero es el que queda a mitad del Parque Muñoz Rivera, poco después del Archivo Histórico, a la salida de la Isleta, el cual, pese a su naturaleza peatonal y a contar con un mecanismo para que el transeúnte, al cruzar, oprimiendo un botón, cambie la luz para permitirle el paso, de un tiempo para acá, como ensayando un plan o acostumbrando la población a un sinsentido, lo han puesto a funcionar como semáforo de tráfico común y ordinario, consumiéndole la paciencia y el tiempo al conductor que a menudo va con apuro para llegar al trabajo, para recoger a los niños en la escuela o el cine, para llegar al hospital a visitar a la suegra o chequearse el dolor abdominal que lo tiene asustado, etc. Y allí donde uno esperaría ver cruzar camiones con sus arrastres a toda carrera al cambiar la luz a roja, o tocando bocinas ver pasar una caravana de Jeeps del Club Jeep de Juncos, no cruza ni una viejita siquiera empujando un andador con las rueditas rotas. Uno, conductor, allí en primera fila, se transporta en la imaginación a alguna de aquellas anacrónicas capitales comunista de Europa del Este, Bucarest, Sofía, donde los semáforos funcionaban sin la gente para cruzar las calles. Hoy por hoy, los únicos otros semáforos comparables a este nuestro en cuanto a su sinsentido serían los de las calles de la ciudad de Pyongyang.

El segundo casito federal es el semáforo del cruce siguiente, en la misma dirección, al término del puente remodelado durante el fortuñato, justo después del Club Náutico. Se trata de un cruce para que los peatones puedan moverse del área del Condado a la del Distrito de Convenciones, atravesando cinco de los carriles más activos y congestionados de la Capital. Resulta un razonamiento desproporcionado pretender que cada vez que un peatón vaya a hacer dicho cruce pueda detener tan voluminoso tráfico, cientos de conductores y pasajeros con sus vidas cargadas y aceleradas, deben esperar pacientemente a que el de la bicicleta hablando por celular pase, a que la parejita enamorada con sus cucasmonas cruce, a que los niños díscolos de la familia disfuncional intentando cruzar respondan a sus padres, a que la monja persignadora cuyo velo la brisa le pega a la cara llegue al otro lado sana y salva. Esto cuantas veces sea necesario, uno a la vez o todos en conjunto, lo mismo para alante que para atrás. Es evidente que los planificadores de este absurdo cruce jamás pretendieron fomentar el uso de dicha conexión, puesto que su utilización continua implicaría un tapón colosal perpetuo a la salida de la Isleta.

Cuando observamos el proyecto propuesto para el Paseo Puerta de Tierra y vemos la absoluta ausencia de puentes peatonales, nos percatamos de que el modelo para mover los peatones hacia el nuevo parque, su restaurante y miradores, será el mismo modelo del semáforo impertinente. Quienes vivimos en el Viejo San Juan y tenemos que soportar todas las Navidades la Nueva Jerusalén en la Lomita de los Vientos, para cuyo acceso peatonal toda la Avenida Muñoz Rivera se ve convertida en un enorme tapón diario, debemos prepararnos para que ahora varios cruces peatonales, con sus respectivos semáforos impertinentes, conviertan la ruta hacia nuestras casas en un rosario de obstáculos camino al Gólgota, cada cruce una estación del Via Crucis, cada frenazo una caída del ánimo o un grito de maldición, lo cual redundará en una peor calidad de vida para sus residentes, en un mayor dolor de cabeza para los comerciantes y en un rechazo paulatino del resto de la ciudadanía a visitar la Ciudad Histórica. Si se pretende que dicho paseo sea realmente utilizado de forma masiva por la población, entonces también se pretende convertir ese tramo desde el Puente Dos Hermanos hasta el Viejo San Juan en una caravana de cojos. Cualquiera diría que, en aras de transformar la Avenida en un paseo dominguero perenne, se pretende utilizar a los transeúntes como disuasivos a la rapidez de los vehículos.

¿Y qué pasó con los puentes peatonales? ¿Cuándo pasaron de moda en Puerto Rico tan útiles estructuras? ¿En qué momento se dictaminó su ineficacia, y que mejor era dejar al peatón cruzar las avenidas a su suerte, cuando le viniera en gana, a pie y a riesgo propio, protegido por la barrera invisible e inmaterial de la luz roja, aún si ello implica un tranque vehicular diario de la Capital entera? ¿Cómo ha sido que, aportando tanto a la agilidad urbana de la zona y pudiendo convertirse en verdaderos íconos internacionales de arquitectura contemporánea, no se ha pensado en ellos? ¿Cómo se puede preferir hacer del peatón un muerto, quiero decir, un reductor de velocidad vehicular?

Es evidente que una ciudad ágil, dinámica, en continuo movimiento, no parece figurar ni siquiera remotamente entre los planes de los proponentes del Paseo Puerta de Tierra. Por el contrario, uno diría que la ciudad estática, inamovible, plagada de congestión vehicular y contaminación, en una palabra, la ciudad trancá, los excita, los llena de entusiasmo, es el esquema que mejor responde a su ideario de la ciudad moderna. Resulta lamentable que dicha visión estreñida de la urbe sea la que prevalezca en una ciudad que lo menos que necesita son más tapones y peatones muertos.

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