top of page
  • Foto del escritorJuan Bauzá

Palestina en mí



Mis primeras nociones de Israel y su conflicto con los palestinos se remontan a imágenes de batallas campales en las arenas del desierto y a un general calvo con parcho en ojo trepado sobre un tanque manifestando júbilo ante la victoria mientras ondea al fondo la bandera de la joven nación de Israel. Apenas era yo un chamaquito cuando la guerra del 1973, y estas imágenes, junto con el entusiasmo que mostraban mis padres con aquellos eventos, tuvieron gran impacto en mí, llevándome al convencimiento general de que Israel era un estado heroico y justo en el que se refugiaron los judíos perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial. Desde luego, la educación católica, que convierte a Moisés y a Cristo en parte de una misma historia, nos presenta al pueblo hebreo siempre de manera simpática y precursores del pueblo cristiano. Además, el espanto colectivo dejado por el Holocausto otorgó a los judíos pasaporte de víctimas por antonomasia, cosa que influyó en mi acercamiento más bien de admiración por aquella historia moderna del estado hebreo.

 

Al comenzar mis días de lectura durante la adolescencia, hice mi primera indagación en el tema con el recuento histórico de los eventos de 1947 y 1948 que llevaron a la fundación del estado hebreo, narrados de forma novelesca por los historiadores Dominique Lapierre y Larry Collins en su libro O Jerusalem. Conocía varios otros libros de estos autores y admiraba su manera de combinar técnicas narrativas con erudición histórica, por lo que la narrativa que leí sobre la llamada Guerra de Independencia de Israel ganó mi convencimiento a la idea de que, en aquel conflicto, los así llamados “árabes” estaban empecinados en exterminar a los judíos. El libro, para colmo, fortaleció mis nociones sobre las bondades y grandezas de la heroica Israel, acosada siempre por enemigos a toda la vuelta redonda empecinados en borrarla de la faz de la Tierra. Sin duda había tomado desde la juventud, igual que mis padres la tomaron, esa píldora del sionismo que provoca la admiración ciega por el heroísmo del pueblo sufrido de Israel, reforzada por la culpa dejada por el Holocausto en la psiquis occidental. Con este cuadro mental sobre el conflicto, partí de Puerto Rico para hacer mis estudios universitarios en los Estados Unidos.

 

Entonces, la principal preocupación social de los universitarios norteamericanos era el apartheid en África del Sur. Mandela llevaba décadas preso, el Congreso Nacional Africano proscrito y las teles se inundaban con las imágenes de la población negra en los bantustanes luchando a piedra y a fuego contra las fuerzas de seguridad del gobierno surafricano. África del Sur se encontraba sancionada por su práctica racista del apartheid por gran parte del mundo, incluyendo la ONU, y una campaña internacional para retirar las inversiones de África del Sur había tomado vuelo. En la universidad a la que asistí hubo varios días de tensión, con el estudiantado organizado ocupando pasillos y oficinas administrativas exigiendo a la universidad el retiro de sus inversiones en el país racista.

 

Al final de mis años de estudio comenzaba a asomarse en el horizonte una resolución al asunto surafricano, de modo que el tema de la lucha contra el apartheid perdió vigencia, siendo sustituido por otra situación internacional de injusticia suprema que hasta entonces no tenía el destaque de la surafricana, pero que era igual de grave. La gran diferencia era que, en este “nuevo” caso, la sociedad occidental casi entera justificaba como “gestas heroicas” las acciones asesinas del pueblo agresor. Distinto a África del Sur, que pese a tomarle años a la sociedad internacional entender el conflicto logró romper el cerco de la propaganda surafricana (que, entre otras cosas, tachaba de terroristas a Mandela y al CNA), la comprensión del mundo sobre el conflicto en Palestina, y la mía, seguía en pañales, y el cerco de propaganda israelí seguía intacto.

 

Mis primeros recuerdos de la intifada palestina del 87 es de imágenes televisivas de manadas gigantescas de personas por calles polvorientas de ciudades dilapidadas lanzando piedras con desespero a soldados y blindados que respondían con gases y balas. Me encontraba de visita en Boston en la casa de los padres de un compañero judío de universidad cuando de pronto, en medio de la jovial convivencia, aparecieron aquellas imágenes grotescas en la televisión que estaba encendida. La familia, dicharachera y alegre por naturaleza, calló de golpe. El papá, en silencio, apagó la tele. Les tomó un rato recuperar la alegría. Los miré intrigado, pero no dije nada. Al momento no entendí si era rabia, vergüenza, o simplemente no querer provocar una conversación sobre el tema con una persona cuya postura desconocían.



 

Durante los próximos años hasta principios de los 90, cuando comenzaron a discutirse los Acuerdos de Paz de Oslo, decidí indagar sobre el tema y poner a prueba mis preconcepciones. Y, como era de esperarse, a medida que me instruía sobre el tema se revelaba la falacia gigantesca, mostrándoseme la fea cara verdadera del sionismo. En el proceso descubrí que Israel saboteaba los acuerdos de Oslo de distintas maneras, y se oponía sin decirlo a la creación de un estado palestino. Mediante la construcción estratégica de asentamientos ilegales, hicieron imposible la implementación de Oslo, y, por tanto, la solución al problema, no sin antes culpar a Arafat por rechazar los acuerdos finales. No querían paz los israelíes, querían dominación. Al final, aunque los Acuerdos le ganaron el Premio Nobel de la Paz al líder de la Organización de Liberación de Palestina, Yasser Arafat, y al entonces primer ministro israelí, Yitzhak Rabin, por desgracia también les ganaron la muerte, ambos a manos del ala extremista del sionismo.

 

Aunque ya mi convencimiento sobre esta realidad geopolítica estaba formado, el momento definitorio de convertirse para mí en un tema de vida vino en la segunda intifada, que comenzó en el año 2000 tras la visita de Ariel Sharon a Haram Al-Sharif, la explanada de la sagrada mezquita de Al-Aqsa. Y fue durante los primeros días de este levantamiento cuando ocurrió la muerte de Mohamed Al-Dura, el niño abatido por las balas israelíes ante las cámaras del mundo entero. Del asesinato de este niño en adelante comprendí que la causa de los palestinos era una causa mía, y que los puertorriqueños, a una escala mucho menor, por supuesto, éramos víctimas de la misma desposesión colonial.




 

Del tema de los acuerdos de Oslo pasé a estudiar la historia de Israel, esta vez de la mano de los propios historiadores israelíes, entre quienes se encuentran algunos de los más honestos y valientes intelectuales de nuestros tiempos. La corriente de los Nuevos Historiadores arrasó con la narrativa y los mitos del heroísmo israelí y la gran gesta de independencia nacional que todavía vivía en mi cerebro. De hecho, no sólo en mi cerebro sino en los de gran parte de las poblaciones occidentales del planeta, habiendo sido igualmente lavados por distintas formas de esa narrativa misma que los Nuevos Historiadores retaban y renarraban. Y en esta nueva narrativa revelada por historiadores como Benny Morris, Anita Shapira y, sobre todo, Ilan Pappé, el Estado mismo de Israel quedó expuesto como una empresa colonial europea sin fundamento moral, creada sobre los huesos de miles de palestinos asesinados en su tierra, construida sobre los cimientos de miles de pueblos y antiguas ciudades palestinas arrasadas a sangre y fuego, con un alegato bíblico de hace 3,000 años imposible de justificar. Se trata sencillamente de una construcción artificial, una nacionalidad artificial, incluso un idioma artificial, creados todos en base del asesinato y desplazamiento de una población oriunda del lugar, apoyado por armas, dinero y falsa diplomacia. En poco tiempo me era difícil entender este conflicto. Corridos los tupidos velos de la narrativa sionista creada en base de la victimización y culpa por los horrores del Holocausto y el antisemitismo, todo el asunto quedó expuesto.

 

En el 2002, a raíz de recibir en Cannes los máximos galardones la película de Roman Polanski The Pianist, sobre la vida del pianista Wladyslaw Szpilman y su saga de supervivencia en el gueto de Varsovia, publiqué un artículo como parte de mis colaboraciones para la revista dominical de El Nuevo Día que titulé El mollero de Israel en el mundo. En el mismo discutía la ironía de que aquella nueva historia fílmica que veíamos sobre el Holocausto mostraba una realidad (el gueto de Varsovia) muy similar a la que viven los palestinos a manos de los propios judíos, que antes la padecieron. El extraño intercambio de roles por parte de los judíos de ser víctimas a convertirse en los victimarios saltaba a la vista en aquella película, o al menos a la vista de cualquiera que estuviera al tanto de la segunda intifada que ocurría en Palestina en aquel preciso momento. El título del artículo apuntaba a la propaganda continua de Occidente para incrementar la legitimidad del Estado de Israel, utilizando para ello el Holocausto y el antisemitismo como estrategias para evadir la crítica sobre su comportamiento genocida. Sabía que la misma crítica que hacía en el artículo sería objeto de ataques y tildada de antisemita por el poder económico sionistas en el mundo que ha logrado comprar los medios de comunicación y callar las bocas de muchos para justificar sus acciones. El Estado de Israel, utilizando estos chantajes históricos, pretende ser un Estado excepcional, que está por encima de los acuerdos y leyes internacionales, aceptado por la comunidad internacional pero sin la obligación de adscribirse a las leyes de conducta entre estados. Ha violado cientos de resoluciones de las Naciones Unidas, y, sin embargo, se le permite seguir siendo miembro de dicha organización. Es casi inevitable pensar que lo mejor que pudo pasarle al movimiento sionista y al futuro Estado de Israel fue precisamente el Holocausto.

 



Tal como lo predije fue la respuesta a mi artículo. El periódico publicó una retractación pública (de un artículo de opinión, no de un editorial, que sería la opinión del periódico) de mi artículo, y le otorgó a un sionista el mismo espacio en el periódico que a mí, con un artículo titulado El mollero del odio, en el que me tildaba de “terrorista literario”, entre otras muchas cosas. Una reunión con el presidente del periódico me corroboró exactamente las presiones económicas que la comunidad sionista en Puerto Rico ejerció sobre el periódico, además del banco de llamadas al periódico para tildar al editor de antisemita y nazi. En otras palabras, que el mollero de Israel en Puerto Rico flexionó. De dicha reunión quedó el requerimiento de que cualquier otro artículo que fuera a publicar en el periódico sobre el tema pasara primero por la aprobación personal de su presidente.

 

Dicho artículo vino, un año después, con el título de Samaria y Judea. Su propósito fue analizar el estado palestino propuesto por los acuerdos de Oslo, comparándolo, en términos territoriales, con Puerto Rico, y dejando manifiesta la total imposibilidad de crear un estado viable en tales condiciones. Dicho artículo fue sometido para publicación al El Nuevo Día, y allí estuvo dando tumbos un año hasta que por fin lo reclamé. Fue mi última colaboración con la Revista Domingo, y fue también la puerta que se cerró para mí en dicho periódico. En adelante, se me excluyó de cualquier proyecto de dicha publicación con la comunidad de escritores del país, y cuando se abrió una columna diaria solo para escritores, tampoco fui invitado. Al parecer, los únicos temas con pase a la prensa eran los inofensivos, o los que no tuvieran consecuencias económicas para el periódico así fueran de un centavo.

 

Hoy, el Estado de Israel lleva su barbarie a un punto irredimible, recurriendo más que nunca al chantaje del antisemitismo y el Holocausto para justificar el exterminio de los palestinos, tal y como denunciara mi artículo hace 21 años. El 7 de octubre pasará a los anales del pueblo diaspórico hebreo como el comienzo del final de su intento por establecer un Estado en tierras ajenas mediante el asesinato y la expulsión de su población oriunda. Ya lo intentaron en la antigüedad, y aunque duró más que en esta ocasión, fracasó igual. Sus acciones genocidas en Gaza han llevado a Israel a un callejón sin salida, a una crisis existencial, sellando su destino trágico como entidad judía y provocando a su vez en la región un conflicto de gran escala con consecuencias nefastas para el mundo entero.

 

Pero en el caso de que no degenere en guerra regional, lo cual luce cada vez más improbable, el conflicto sólo tiene tres posibles desenlaces, todos nefastos para Israel. El primero implica un cese al fuego permanente y el comienzo de negociaciones para la creación de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza, demarcado por las fronteras de 1967. Tras el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995, el ala del sionismo fanático liderada primero por Ariel Sharon y ahora por Benjamín Netanyahu se dedicaron a sabotear la implantación de los acuerdos de Oslo, imposibilitando la creación de un Estado palestino en Cisjordania mediante la construcción de asentamientos ilegales en lugares estratégicos para dividir y aislar a las comunidades palestinas de forma tal que nunca puedan tener un territorio continuo que se pueda gobernar. La creación en Cisjordania y Gaza de un Estado palestino con capital en Al-Quds del este implicaría la remoción de casi 700 mil colonos sionistas asentados ilegalmente en estas tierras, hazaña de por sí de grandes proporciones. Pese a ello, y aun cuando tal movilización pueda realizarse, existirá la realidad de dos estados adyacentes que se detestan, uno por todas las barbaridades que el otro le infligió, y el otro por su racismo y sentido de superioridad y apoderamiento de territorios que ahora forman parte de un estado extranjero. Dicho estado de contención no es sostenible a largo plazo, y culminaría en una nueva guerra entre la entidad sionistas y el Estado palestino con repercusiones catastróficas.

 

La segunda opción es un solo Estado democrático para ambos judíos y palestinos en el que ambos puedan convivir en paz como lo hacían previo al comienzo del movimiento sionista, desde el río hasta el mar. Dicho estado será, por fuerza, laico, para que pueda ser democrático. Considerando que en la tierra que constituiría dicho Estado conviven hoy 7.5 millones de habitantes palestinos y 7.5 millones de habitantes judíos, y considerando que el ritmo de natalidad de los palestinos es mucho mayor que el de los judíos, se puede prever un estado que, para ser democrático, no podrá ser judío. Por supuesto, otro factor imprescindible para que dicho estado pueda tener éxito es la erradicación de la ideología sionista, declarándola un crimen, igual que ocurre hoy en Alemania y muchos países europeos con respecto al nazismo. Aunque esta es sin duda la mejor alternativa, el actual Estado de Israel se opone tenazmente a esta posibilidad democrática, siendo contraria a su torcido ideal excluyente.

 

La tercera opción, que parece ser la que ha escogido Israel, es la expulsión de Gaza y Cisjordania de la población palestina, y, de oponerse a la expulsión, exterminio. Dicha opción buscaría la creación de la Gran Israel (Eretz Israel) solo para judíos, es decir, una teocracia fundamentalista disfrazada de democracia. Esta opción es sin duda la peor de las tres y, sin embargo, parece ser la escogida, lo que implica que, en caso de Israel lograr realizar esta barbarie sin provocar una guerra regional, jamás podrá pretender ser aceptado por el resto de las naciones para quienes su mera existencia sería el resultado de un crimen internacional. Ese Israel paria, ese Israel “bully”, ese Israel asesino, no es un Estado viable en el concierto de las naciones.

 

Sin duda la derrota más grande sufrida por Israel a partir del 7 de octubre no ha sido militar sino mediática. Por primera vez desde que tengo recuerdo, la narrativa sionista ha quedado desnuda; el mundo la ha visto en cueros y la rechaza unánimemente. Han caído por fin los tupidos velos de la mentira y quedado al descubierto la realidad de un Israel teocéntrico, fanático, racista, construido en base al robo a sangre y fuego de la tierra de otro pueblo, que reclama un derecho a la autodefensa irreclamable por ser el agresor. La falsa altura moral en la que vivía Israel a ojos del mundo se ha esfumado, su heroico alarde no era más que una cortina para tapar un proyecto político asesino e inmoral. Pase lo que pase en los próximos meses o años, en cualquiera de los tres escenarios que se presente, el Israel de hoy dejará de ser una entidad aceptable para el mundo.

359 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Comments


bottom of page