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  • Foto del escritorJuan Bauzá

LA VIDA EN EL BARRACÓN BORICUA


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El argumento que se esgrime con bastante insistencia en estos días, ése de que los únicos responsables por nuestra crisis económica somos nosotros mismos los puertorriqueños, es uno que debemos rechazar de plano por simplista, sofista y embaucador, porque es el discurso que mejor le cuadra a la perpetuación de la colonia, y porque aceptarlo es rendirse ante uno de los más conocidos delirios patológicos del coloniaje que a diario nos afectan: el de la culpa. Pero cuando se somete el argumento a la prueba de la metáfora clásica del amo y sus esclavos (puesto que el coloniaje, por mucho que se emperifolle, es una situación esclavista a gran escala, entre naciones), queda todo esclarecido y desmontada la falacia.

En esta ocasión, al amo, sentado en el gran sillón de cedro de su gran balcón de caoba, un buen día le llega a la nariz un tufillo que no le agrada ni un poquito, y se dice que alguno de sus negros debe andar por ahí mal aseado. El segundo día le llega una hedentina un poco más perturbadora, y se dice para sí que cómo es de apestosa y poco bañada la nación africana. Al tercer día, truncada su capacidad para disfrutarse la vida, se dice que la verdad que esta gente no tiene ningún sentido de la higiene y evidentemente les cuesta valerse por sí mismos. Al cuarto día comienzan a llegarle olores francamente objetables, pero ese día tampoco hace nada. Al quinto día da un puñetazo sobre la baranda del balcón y, mirando en dirección del barracón de los esclavos, se dice que ya aquello había llegado muy lejos y que la peste proveniente de allí estaba envenenándole el aire de su propia casa, el que respiran su mujer de porcelana y sus gemelas rubias y sus hijos colorados… ¡Hasta aquí llegó mi paciencia!, se grita para sí.

Ese día convoca a sus capataces y, en no muy amigable tropelía, se dirige al barracón sin ventanas, sin agua, sin servicios sanitarios, donde dormían hacinados unos sobre otros cientos de esclavos ensartados por los tobillos con anillas y varas de hierro. Manda a abrir las puertas del barracón y la tufarada que de allí escapó casi lo tira por el suelo. Cuando el ojo del amo por fin se acostumbra a la luz y puede ver el tamaño de la catástrofe que se vive en el barracón, lo primero que hace es acusarlos de ser unos marranos, unos mantenidos, unos buenos para nada, que cómo era posible que aquel barracón tan bonito que él les había mandado a construir lo hubieran convertido en aquella piara, en aquel estercolero, en aquella zambumbia de lixiviados. ¿Y qué pasó con los delegados que les permití yo escoger para que administraran el barracón?, pregunta al aire, retóricamente, dando a entender que eran ellos los responsables de aquel desastre. ¡La culpa entonces la tienen ustedes por elegir a los peores administradores!

Con esa cantaleta continuó el amo, irascible, diciendo cada lindura con un escupitajo, hasta poner a los esclavos de nuevo sobre sus rodillas suplicándole perdón por permitir que el barracón se deteriorara tanto, prometiéndole hacer acto de enmienda y dejarlo otra vez todo como cuando nuevo. El amo les recuerda cuán agradecidos deben estar que les construyó el barracón en primera instancia, y no los dejó durmiendo a la intemperie como animalitos, bajo los palos y tras las piedras, recordatorio que incrementa notablemente los gritos de culpa de los esclavos por haber permitido aquel deterioro de algo tan bonito como fue el barracón primero. Y tan pronto el amo cierra la puerta tras de sí (¡más bien la tira!), adentro los esclavos, quienes han tenido que organizarse en facciones para al menos administrar la sociedad dentro del barracón, comienzan a echarse unos a otros la culpa por la pocilga en que habían dejado que el barracón se convirtiera.

En esta tesitura se encuentra la vida dentro del barracón político puertorriqueño. Unos, los menos, llevan años advirtiendo que el problema es el barracón mismo y que sólo hay que atreverse a escapar de él para enterarse que los barracones terminaron hace décadas en el resto del mundo, y que sólo ellos quedaban en semejante estado de sumisión, pero éstos son descartados en el acto por los dos grupos mayoritarios, quienes los tildan de alucinados y acusan de querer gobernar el barracón mediante la ciencia-ficción. De estos dos grupos mayoritarios, uno ve que la solución de los problemas está en pedirle al amo que le abra unas ventanitas al barracón, para que se mueva el aire, y le ponga unas letrinitas, para tener un poco de dignidad; mientras que el otro está enfrascado en la idea descabellada en exigirle al amo, al esclavista, que los deje subir a vivir con él en su casa, a sentarse en sus muebles de tafetán, a acostarse en sus sábanas de holanda y recostar sus cabezas en las almohadas de pluma de ganso, a comer su  patté en su loza francesa con sus cubiertos de plata, según la mejor costumbre. Acorde con sus creencias, aquellos privilegios se los tenían más que merecidos, sobre todo después de tantos años de trabajo a sus costillas y para su lucro único… Desde luego que, sumida en semejante estado de confusión, infectada a tal punto por la enfermedad del coloniaje, nada podemos esperar de la actual clase política puertorriqueña.

Es de común conocimiento que ningún sistema colonial ha producido ningún gran prócer u hombre de Estado, a no ser aquél que derroca el sistema colonial que lo produjo o muere en el intento, es decir, aquél que le pega fuego al barracón al percatarse de lo que era el barracón. Las colonias producen muchos administradores, pero hombres de Estado ninguno, y todo administrador colonial tiene, por antonomasia, la mediocridad como factor definitorio, ya que acepta administrar un sistema que reconoce como injusto, como discriminatorio, como inmoral. Así que echarle a los puertorriqueños toda la culpa de lo que le ha ocurrido a nuestra economía, es decir, del estado deplorable en que nuestros administradores han dejado que se convierta el barracón, es retrotraernos a un mundo pre-moderno, pre-industrial, previo inclusive al espíritu de la Razón, cuando lo que se criticaba no era la institución de la esclavitud en sí, sino, a lo sumo, las condiciones de vida de los esclavos.

La culpa de la catástrofe económica en la que nos encontramos es del sistema colonial en el que vivimos, que impide que tengamos bajo nuestro control todas las variables económicas que necesitamos tener para crear un modelo económico sustentable. La mala administración del barracón es sólo un síntoma del problema mayor. La parte mayor de la culpa la tiene el amo, eso no debemos dudarlo ni por un instante. La parte menor de la culpa recae sobre el esclavo, y es la que le corresponde por no haberse rebelado contra un sistema político que lo esclaviza, que le roba las riquezas fruto de nuestro trabajo y lo condena a la bancarrota y a la pobreza perpetua.

Ahí estamos entonces: con una recua de políticos (administradores) creyendo todavía que aunque sin luz, sin agua, sin ventilación, está mejor vivir en el barracón que en la tierra cruda y dura en la que viviremos si nos ponemos muy exigentes y protestones y el amo nos quita el barracón; con un pueblo crédulo, temeroso y colonizado hasta el eje, empeñado también en complacer al amo, convencido que al barracón se le pueden hacer sus arreglitos; y con un amo ignorante de la vida en el barracón, ajeno a nuestra circunstancias salvo cuando le apestan la casa y amenazan con envenenarle el aire que respira, entretenido como se la pasa al borde de su lago privado amarrando a sus esclavos de pies y manos para echarlos al agua, mientras, entre los suyos, a carcajadas, comenta: “¡Ya ven! ¡Tampoco saben nadar!”

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